Siguiendo al líder equivocado


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¿En qué momento decide una persona volverse criminal? ¿Cuándo se pierde la sensibilidad y el uso de armas de fuego se normaliza? No son preguntas con respuestas fáciles. Sin embargo, cuando se observa detalladamente el perfil de quienes delinquen en crímenes serios, es muy común observar que vienen de ambientes familiares disfuncionales y muchos de ellos con problemas de identidad.

La falta de una figura de referencia como lo puede ser una maestra o maestro, una madre, un padre, alguna o algún líder comunitario, religioso, familiar o incluso un deportista que hace que muchos jóvenes andén a la deriva y tomen las referencias equivocadas como puede ser la de un posible criminal. Tanto en zonas de conflicto armado como en donde operan bandas delictivas, el reclutamiento es pieza fundamental para mantener las operaciones andando. Pero, ¿de dónde se reclutan los nuevos criminales? Normalmente suelen tener dos “mercados” muy marcados: jóvenes en situación de vulnerabilidad y las prisiones.

Del primero suelen ser jóvenes que sufren de algún tipo de abandono, maltrato o disfuncionalidad en su núcleo familiar, lo cual influye importantemente en su desarrollo emocional, psicológico, intelectual y de personalidad durante la niñez y la adolescencia. Entre los elementos que se pueden observar en estos jóvenes son la búsqueda de afecto, pertenencia y de una figura de referencia. Y es justamente lo que encuentran al pertenecer a una banda criminal o un grupo guerrillero que es la inclusión.

Falta de identidad, crimen y armas

Las bandas criminales gozan normalmente de cierto estatus dentro de las urbanizaciones o barrios donde operan. Muchas veces se confunde temor con respeto, pero si es cierto que en ocasiones puede haber hasta admiración hacía los criminales por los bienes materiales que pueden comprar producto de sus crímenes o el poder que les otorga tener armas de fuego. Especialmente en sociedades con sistemas de justicia corruptos, débiles, disfuncionales o todos a la vez, el bienestar material y el control social que ejercen sobre la población donde operan puede ser una referencia atractiva para los jóvenes que venimos describiendo.

Una persona que no siente pertenecer a alguna agrupación, bien sea desde una familia hasta una escuela, grupo artístico o deportivo, tiene una necesidad natural de sentir pertenencia con otros individuos y también así generar una identidad propia. Las barreras de entrada para pertenecer a un grupo delictivo suelen ser bastante bajas: con tan solo tener la voluntad de delinquir se puede pertenecer a un grupo.  Y es este grupo quien suple esas necesidades de afecto, pertenencia e identidad en nuestros jóvenes.

Es aquí donde importan las políticas sociales en materia de seguridad ciudadana. Para ello debemos partir de una visión de seguridad más amplia e integral que aquella de simplemente patrullar, capturar a delincuentes, enjuiciarlos y mantenerlos encerrados en una prisión. Si no se comprende cómo se compone en personal las organizaciones delictivas y cómo se renuevan, no podremos lograr el principio básico de poder garantizarle la vida a todas y todos los ciudadanos. Únicamente con más violencia, represión y persecución de los agentes de seguridad del Estado no se logrará una sociedad segura. El elemento punitivo del Estado es fundamental y debe ser llevado a cabo con respeto a los derechos humanos y al debido proceso, pero no logrará una sociedad segura, al menos de manera sostenida.

Tanto el Estado como la sociedad civil tenemos un rol importante en diseñar políticas y programas que busquen atender a estos jóvenes en situación de vulnerabilidad. Trabajar el núcleo familiar, la reinserción social, la educación básica, secundaria y técnica, la cultura, el deporte y la indigencia son sólo algunas áreas en donde se requieren políticas enfocadas y diseñadas para estos jóvenes. Muchachas y muchachos que reciban afecto, sientan que pertenecen a un grupo y tengan personas a las cuales puedan tomar como referentes, tienen una probabilidad mucho menor a ser reclutadas –y acceder voluntariamente- a grupos delincuenciales e irregulares.

Más allá de la infraestructura

¿Cómo se arrancan estas políticas en tan diversas áreas? En Latinoamérica, y especialmente en Venezuela, es común tener grandes inversiones en infraestructura en las áreas antes mencionadas. Ahora bien, toda la inversión en infraestructura no es de impacto sin tener planes de mantenimiento que las acompañen y trabajo social constante y de calidad para poder ejecutar las políticas y proyectos de manera efectiva y sostenida. Uno de los retos más importantes es garantizar la sostenibilidad de los proyectos: las políticas sociales orientadas a jóvenes en situación de vulnerabilidad requieren de continuidad ya que la formación de identidad, valores y una personalidad lo suficientemente fuerte para negarse ante las tentaciones de un camino que pareciera más fácil al bienestar económico y de poder como lo es a través de bandas criminales.

Otros países han logrado revertir situaciones de alto crimen, al principio con importantes estrategias policiales, militares y en el ámbito de la justicia, pero ninguno ha logrado garantizar el derecho a la vida a sus ciudadanos de manera sostenida sin políticas sociales importantes que rompan el ciclo de reclutamiento de las bandas criminales.

Artículo de opinión de Santiago Rosas / @santirosas 

Red de Apoyo por la Justicia y la Paz 

Publicado en Correo del Orinoco 

 

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